Académica estadounidense Jillian Hernández en la UTEM: «Este intercambio abre líneas de comunicación que pueden seguir»

Autor: Constanza Valdivia Rossel|
La Dra. Jillian Hernández, académica y creadora cultural, visita la Universidad Tecnológica Metropolitana (UTEM) en el marco de un programa especial que busca reflexionar sobre género, arte y poder en contextos históricos y contemporáneos. Su participación se enmarca en las actividades organizadas por la Dirección de Asuntos Nacionales e Internacionales (Danei), en colaboración con el proyecto Fulbright Specialist.

Jillian Hernández es profesora en el Centro de Investigación sobre Género, Sexualidades y Estudios de la Mujer de la Universidad de Florida, donde desarrolla investigaciones sobre temas como la racialización de los cuerpos femeninos, la representación cultural y la producción artística en comunidades marginadas. Además, es autora del libro «Aesthetics of Excess: The Art and Politics of Black and Latina Embodiment», una obra que explora las formas en que mujeres negras y latinas transforman las nociones dominantes de belleza y poder a través de sus prácticas creativas.

Durante su estadía en la UTEM, la Dra. Hernández ha encabezado una serie de actividades, entre ellas el workshop “Construcción visual del género en el tiempo: análisis, métodos y prácticas”, que se realizó los días 28 y 29 de noviembre, la charla “De Ivy Queen a Tokischa y Villano Antillano: Reggaetón y Dembow como Expresión de Poder Femenino” este 2 de diciembre. Los espacios incluyeron ponencias y talleres que buscan visibilizar las formas en que los discursos culturales reproducen estereotipos de género y cómo el arte puede servir como herramienta de resistencia y transformación social.

Entre los momentos destacados de su visita, la Dra. Hernández dictó la charla «Cuestiones latinas en la producción cultural», oportunidad en la que examinó cómo las mujeres y niñas de color son racializadas y sexualizadas en narrativas dominantes.

Asimismo, el jueves 5 de diciembre realiza una visita al Liceo Emilia Toro de Balmaceda como parte del Programa PACE de la UTEM, en que va a dialogar con jóvenes sobre temas de identidad y empoderamiento a través del arte. Su enfoque integral conecta lo académico con lo comunitario, dejando un impacto significativo en cada espacio que interviene.

En su libro, usted explora cómo las mujeres negras y latinas utilizan prácticas corporales y artísticas para desafiar normas culturales. ¿Cómo ve usted que estas «estéticas del exceso» contribuyen no solo a resistir la marginalización, sino que también a construir nuevas formas de agencia y empoderamiento?

– Para mí lo que abre la cultura de las mujeres, las niñas negras y latines en los Estados Unidos, es una nueva manera de entender qué es el poder, qué es la autonomía. Creo que el arte es muy poderoso y que si bien no es una política que tiene una agenda bien estricta, es un espacio que invita a la imaginación sobre cómo podemos crear solidaridad como mujeres, entre mujeres y niñas también.

Ese tipo de producción cultural abre avenidas, cómo las mujeres pueden articular lo que es el deseo, sus sueños para sus vidas, pero también cómo ellas crean nuevas formas de tratar o relacionarse con hombres en sus espacios de trabajo, entonces están articulando su manera de entender el mundo y lo que ellas quieran hacer en sus espacios, su libertad, autonomía del cuerpo, de la reproducción, la sexualidad y de lo que quieran llevar adelante.

Desde su experiencia con el programa Women on the Rise! en Miami, ¿qué papel juega el arte en la formación de identidades empoderadas entre niñas y jóvenes de comunidades racializadas? ¿Ha identificado algún impacto duradero en las participantes?

– Sí, el impacto duradero se ha visto en que varias muchachas han seguido en sus estudios de curación, de arte o de historia del arte, pero sobre todo es un impacto en aprende historias de mujeres artistas, que si no fuera por el programa nunca se sabría de ellas como Ana Mendieta o Carrie Mae Weems. A veces empezamos preguntándole a las muchachas si pueden nombrar alguna artista mujer y no pueden. Y si pueden siempre es Frida Kahlo solamente.

También, ellas tienen un momento de crear algo, hacer una obra propia y eso es un momento bien poderoso porque ves que sí tienes el poder de crear algo que no estaba. Entonces, aunque hay unas muchachas que estaban en prisión y sólo acceden una o dos veces el taller, ya cuentan con el conocimiento que sí pueden crear algo. Para mí, que tuve una adolescencia bien difícil, sin exageración, sé que el arte y la poesía ayudan a sobrevivir. Entonces también es una manera de que ellas creen un vínculo bien importante porque muchas veces es una manera de expresarse. Si tienes un papel y una pluma sí quizás puedes expresar algo.

En su análisis del impacto cultural del hip hop, ¿cómo percibe que este género musical ha servido como plataforma para la resistencia y la representación de mujeres y comunidades racializadas? ¿Qué aspectos de este movimiento cree que son subestimados por los discursos académicos tradicionales?

– El hip hop es muy importante porque lo vemos como un lugar cultural donde hay un feminismo orgánico, no viene de un nivel académico, yo aprendo de él y uso mi trabajo para traducir lo que yo veo que está pasando en este género musical a una audiencia. Muchas veces está imaginado como un espacio del patriarcado, problemático y en un sentido sí ha sido eso, pero ha habido mujeres desde un principio.

En Estados Unidos el hip hop es muy importante porque viene de los espacios afroamericanos y latinos que tienen una historia de colonización y con los afroamericanos en que hay una historia de esclavitud. La música también es muy importante en el cómo expresarse y cómo sobrevivir. La escritora Angela Davis tiene un libro que habla sobre la música del jazz y del blues, en que las mujeres negras a principios del siglo XX viven a través de ella la expresión de ser libres de la esclavitud. La autora habla sobre cómo es que mucha de esa música tiene letras muy sexuales -de hecho, esa es una crítica muy común al hip hop,  que es muy sexual- pero dice Davis que la razón de que todo ese contenido sexual esté ahí, es que muchas de estas mujeres muchas fueron violadas por la gente que tenía fincas de esclavitud, entonces para ellas cantar sobre la sexualidad es algo político.

Muchas veces la gente piensa por qué toda esa lírica sexual, pero cuando estamos hablando de gente que viene de estas generaciones en que había un fuerte abuso, esa expresión se convierte en un discurso sobre la autonomía y el poder, del que proviene un lenguaje para la juventud, entender que sí, yo también puedo elaborar mis deseos y lo que para mí significa el placer. En muchos de mis trabajos escribo cómo fue que el espacio del hip hop el que me empoderó a mí personalmente, porque viví en un espacio que había mucha disciplina sexual y corporal, siendo esta música la que me brindó un espacio de mayor libertad.

Durante su ponencia «Cuestiones latinas en la producción cultural», explora cómo las mujeres y niñas de color son objeto de discriminación a través de discursos culturales. ¿Qué puntos centrales espera destacar y cómo cree que este análisis puede aportar al debate académico chileno sobre género y raza, en un contexto marcado por las brechas sociales y por el fenómeno de la migración?

– Quiero enfocarme en un capítulo de mi libro en particular que es sobre las muchachas que en Miami  llaman «chongas», como un insulto. El estereotipo de la muchacha «chonga» es que usa aretes muy grandes, tiene mucho maquillaje, habla bien alto y es muy sexual. Analizo diferentes imágenes que circulan en la cultura visual «chonga» y muchas veces se burlan de estas niñas porque dicen: mira qué ridículas, qué excesivas, son malas, pero en mi trabajo tengo un posición que dice que la estética y la manera de ser «chonga» se puede interpretar como una forma de feminismo orgánico. Son muchachas que están expresando su autonomía corporal y que lo que uno piensa responde a estereotipos, no a un problema real.

Lo que veo en ese capítulo de mi libro es que la muchacha «chonga» es devaluada en el contexto cotidiano, pero empiezo a ver que en el mundo del arte contemporáneo, a principios del siglo XXI, empiezan a circular imágenes de este tipo de mujeres en los museos más importantes de Estados Unidos. Y entonces pregunto: ¿Qué está pasando aquí? Se trata de una presentación del cuerpo que en el lugar de dónde viene no es valorado, pero si alguien se apropia de esa estética y lo pone en un museo de arte contemporáneo, sí es algo importante.

Lo que me interesa es la manera en que esta estética de mujeres de color, de baja clase, pobres y trabajadoras es desvalorizada en la realidad, pero valorizadas cuando esa estética es apropiada por otros. Quiero generar un discurso sobre cómo podemos abrir una imagen más amplia del cómo se ve una muchacha empoderada. Muchas veces una muchacha de estilo urbano uno la ve y dice: bueno,  es un estereotipo, ella piensa que tiene que enseñar su cuerpo por el patriarcado, pero si hablas con esa muchacha ella dice: no es eso, así es cómo me quiero ver y me siento bien. A veces el feminismo replica esa disciplina corporal. Yo estoy interesada en aprender si aquí hay un discurso similar sobre estas niñas migrantes o pobres, de clase trabajadora, si hay un discurso que las están levantando o que está tratando de convertirlas en otro tipo de estilo. Quiero hablar sobre esa economía social que está negociando la valorización y la desvalorización de las chicas.

El taller de creación de collage «Derribando estereotipos y transformándome en protagonista» propone una dinámica creativa. Desde su perspectiva, ¿de qué forma actividades como ésta pueden servir como herramientas pedagógicas para fomentar la reflexión crítica y la autoafirmación entre las y los participantes?

– Es muy importante porque ahí estás abriendo un espacio en el que ellas pueden coger esa imágenes y transformarlas, crean algo nuevo de lo que hay, para mí no hay imágenes buenas o malas, sino cuáles son las imágenes que te afirman y cuáles no.

El collage es muy importante porque tiene que ver con una negociación activa con las imágenes que están circulando. Muchas veces esos talleres abren un diálogo, el collage es una forma de lidiar con esas imágenes y quizás burlarse, criticarlas, celebrarlas y aceptarlas.

Su visita a Chile incluye una serie de actividades que abarcan desde talleres hasta charlas en distintos espacios. ¿Qué expectativas tiene sobre el impacto que estas instancias puedan tener en la comunidad UTEM, como universidad pública y estatal? ¿Qué aprendizajes espera llevarse de esta experiencia intercultural?

– Estoy llevando muchas experiencias de cómo la UTEM está elaborando agenda sobre género y de la diversidad que es relativamente nueva. Es un momento muy importante y me siento entusiasmada de llegar en este punto tan crítico y tener estas conversaciones sobre este tipo de teorías y cultura popular;  quizás puede ser parte de esta agenda y una manera de involucrar a los estudiantes más en estas iniciativas sobre el género.

Para mí este tipo de intercambio abre líneas de comunicación, investigación y relaciones que podemos seguir con intercambio de estudiantes, o quizás yo regreso para enseñar una clase, hay muchas posibilidades de que se pueda desarrollar un tiempo en el que podamos compartir y aprender juntos.

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