José Román Brugnoli, psicólogo social: “La UTEM ha respondido a las exigencias tecnológicas actuales”

Autor: pedro berho|
Con más de quince años estudiando el fenómeno de la solidaridad en Chile, tras su última publicación internacional en la revista académica “Qualitative Sociology” sobre el comportamiento de las familias chilenas en cuarentena, donde es coautor, el académico del Departamento de Trabajo Social de nuestra universidad analiza algunos cambios sociales detectados tras la pandemia.

Un tejido social fuerte, políticas públicas estatales arraigadas, buena infraestructura, capacidad de protección de la población, estados sociales fuertes, independencia alimentaria, asociatividad, colaboración y solidaridad, son algunas de las variables fundamentales que el docente de la universidad considera claves para hacer frente a una crisis como la que el mundo ha vivido durante los últimos años.

El psicólogo social, destaca la importancia de saber adaptarse a los desafíos y cambios que la pandemia generó, muchos de los que persisten hasta el día de hoy. En este sentido, el académico releva la importancia de la tecnología como medio de adaptación al contexto actual, y hace un llamado a las instituciones y nuevos profesionales a desarrollarse en esta línea.

Recientemente, el investigador realizó una importante publicación en una prestigiosa revista de sociología de habla inglesa, estudio que nace a partir de un proyecto ANID-COVID entre varias universidades del país, sobre familias en la pandemia. A partir de esto, José Antonio Román Brugnoli, comparte los resultados del estudio donde es coautor, y cómo estos se han proyectado en la sociedad actual postpandemia.

¿Cómo evalúan la manera en que el confinamiento vivido en pandemia ha afectado el comportamiento de la sociedad?

– Hay casos de sociedades a las que la pandemia las sorprendió, pero que tenían estados sociales fuertes, políticas públicas arraigadas, infraestructura de calidad, y mayores capacidades de protección de su población, además de patrimonios culturales de asociatividad, de colaboración, de confianza, de redes y de solidaridad. En esos casos, podemos decir que existe una mayor cobertura para proteger a la sociedad, y eso genera que menos personas queden en situación vulnerable.

En el caso chileno, por ejemplo, aparecen varias situaciones trabajando conjuntamente. La primera, es que la pandemia llega durante un estallido social que justamente es una protesta por las condiciones de desigualdad, injusticia, vulnerabilidad y desprotección. Asimismo, el segmento político padecía una crisis de confianza y de credibilidad, y también existía una tremenda merma en los indicadores de colaboración, es decir estábamos acusando un alto individualismo, una fragilidad del tejido social, entonces eran condiciones muy particulares y difíciles para hacer frente a la pandemia.

En la actualidad, podemos decir que hay un efecto traumático post pandemia. Si nos fijamos, las demandas sociales no volvieron a aparecer, pese a que no están solucionadas. Es decir, el miedo al contagio caló tan hondo que debilitó incluso el impulso a la movilización política. Paralelamente, otra cosa importante que ha aparecido son las secuelas en la salud mental. Ya hay indicadores de alarma de cómo esta experiencia traumática afectó a las personas y a los grupos familiares, en términos de depresión, ansiedad, y efectos en el estado de ánimo.

¿Es posible reconocer qué tipos de comportamientos aparecen en las personas y en las familias durante o luego de las cuarentenas?

El confinamiento hizo que se tuvieran que diseñarse distintas formas para dar continuidad a la vida, definiéndose diferentes roles para las necesidades de las familias, por ejemplo. Se plantean desafíos sobre el reparto de las labores domésticas, vemos despliegue de repartos de actividades claves, ingresos, trabajo doméstico y cuidado, pero también estrategias para sostener la salud y para el cuidado de los adultos mayores que viven solos. Aparecen distintas actividades para recrearse, invención de juegos, y contratación de más canales de televisión, incluso hay familias que diseñan terapias de conversaciones familiares.

Muchos infantes que habían sido educados para ser objetos de cuidado asumen responsabilidades y tareas del hogar. En este sentido, fue una experiencia positiva, porque se redescubrieron nueva forma de organización familiar y se revela necesaria, no solo para llevar la vida familiar, sino que como fuente de formación para la vida.

¿Cuál es la proyección futura que se puede hacer respecto de las relaciones interpersonales luego de la pandemia?

La pandemia ha sido como una experiencia piloto, a partir de la cual estuvimos forzados a hacer la mayoría de nuestra vida social en entornos virtuales. A partir de ahí, abandonamos nuestra vida real del cara a cara y nos vimos volcados a resolver todo digitalmente. Sin embargo, luego que la gente pudo retomar la vida presencial se revela que hay una carencia del contacto presencial, que hace que ahora el comercio vuelva a llenarse, la gente vuelve masivamente a tener vida social, y a tener contacto con la naturaleza.

Esto tiene también una tremenda secuela en salud mental, por el tremendo abandono del contacto humano y con la naturaleza que están padeciendo sobre todo los jóvenes, que tuvieron que pasar una importante fase de sus vidas -en que justamente lo que se desarrolla es la identidad en vinculación con la relación con otros- en el contexto virtual. Pareciera ser que nuestra condición humana tiene necesidades de contacto real del cuerpo con la naturaleza y con los demás.

¿Cuál es el aprendizaje fundamental que nos ha dejado la pandemia?

El primer aprendizaje importante, es que institucionalmente nuestro país no está preparado para hacer frente a una crisis sostenida en el tiempo, como la pandemia. La crisis sanitaria nos encontró desprevenidos, nos llegó con un estado social débil, de muy baja cobertura, con muy bajas capacidades de protección social, nos encontró con debilidades también en torno a necesidades humanas básicas como la alimentación, con una sociedad sin autonomía alimentaria, y sin autonomía alimentaria territorial, lo que suspende y dificulta los procesos de transporte de alimentos y de movimiento dentro del país, lo que generó desabastecimiento y riesgo de hambre.

El otro gran aprendizaje es la importancia de tener un tejido social solidario vivo, como el que se fue desplegando a medida que la sociedad se adaptaba a la crisis. Aparecieron las ollas comunes, los grupos de ayuda de familias o vecinos, entre otras iniciativas solidarias.

Finalmente, es fundamental considerar cómo la tecnología nos sirvió para resolver problemas comunes, como las aplicaciones, los sitios web, los grupos de facebook o de whatsapp y cómo la gente se apropió de estos espacios para situaciones cotidianas. En este sentido, queda de aprendizaje que las instituciones de nuestro país deben poner el foco en desarrollar tecnologías para hacer frente a las necesidades de conexión virtual actual. En esta línea, la UTEM ha sabido trabajar en responder a las exigencias tecnológicas de la sociedad actual.

Conoce la última publicación del investigador José Antonio Román Brugnoli en el siguiente enlace:

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